Hay que derogar y repudiar la norma sobre textos escolares aprobada por la Comisión Permanente del Congreso.
Algunas editoriales han dado “incentivos” a directores de algunos colegios a cambio de que elijan sus libros. Los directores no elegían por los beneficios académicos para los alumnos, sino de acuerdo a los beneficios monetarios para sus bolsillos.
La nueva norma fija un procedimiento de elección de los textos. Incluye la participación de los padres de familia y autoridades educativas, teniendo en cuenta la calidad y oferta económica de las editoriales.
La elección de un texto ya no estará, entonces, el manos del docente. De ningún docente, ni de los malos, ni de los buenos.
La elección de textos no estará en manos de quien estudió pedagogía para saber cómo enseñar. Estará en manos, ahora, de una asamblea.
La asamblea de padres, profesores y directores discutirá sobre la calidad de los textos. El resultado será el consenso. Pero el consenso, ¿acaso establece la verdad? ¿Es por consenso que llegamos a que dos más dos es cuatro?
Es como si dijéramos: ahora ya no vamos a establecer el resultado de “dos más dos” por las matemáticas, sino por el consenso.
Unos dirán que “dos más dos” es cuatro; otros, no. Decidiremos no según la verdad, sino según la mayoría.
La mayoría sirve para tomar decisiones que afectan a todos por igual. No sirve para tomar decisiones técnicas. La decisión sobre qué texto usar es una decisión técnica. Depende del conocimiento.
No se quiera escamotear esa facultad a los maestros. No se quiera sustituir el conocimiento del pedagogo por el consenso de la asamblea.
Esta norma dice que las editoriales deben informar al Observatorio Nacional de textos Escolares sobre los precios de sus productos. O sea, pone a unos burócratas a no hacer nada más útil que “observar precios”.
L problema son unas cuantas editoriales y unos cuantos docentes corruptos. ¿Por culpa de ellos asumimos que todos los profesores y todas las editoriales son corruptos?
Ataquemos la corrupción. No la usemos de pretexto para sacar a los maestros de la educación y sustituirlos por el absurdo consenso.